Hace unos días tuve un “déjà vu”. Me explicaré. Un déjà vu es ese mecanismo mental por el cual uno tiene la sensación de haber vivido con anterioridad algún suceso del presente. Hace algunos años, Denzel Washington protagonizó una excelente película de intriga que llevaba por título precisamente “Déjà Vu” y en la genial “Matrix” podemos ver algunas escenas brillantes en las que queda muy claro el concepto. Parece que las causas médico/psicológicas del fenómeno no están nada claras y, según leo en Wikipedia, hasta el 96% de la población manifiesta haber tenido al menos una experiencia déjà vu a lo largo de su vida.
Pues resulta que tuve una de esas experiencias sensoriales hace cosa de un par de semanas. El suceso ocurrió en el Antepalco del Camp Nou durante el intermedio del partido de Champions League entre el Barça y el Panathinaikos. Andaba yo deambulando por allí, con un refresco en la mano, saludando a conocidos y no tan conocidos mientras todos hacíamos tiempo hasta que nos llamaran de vuelta a nuestras butacas cuando, de repente y sin previo aviso, simplemente sucedió. En un momento determinado y como surgidos de la nada, se me aparecieron dos personajes que, cruzando de un extremo a otro la sala, venían directamente hacia mí, sonrientes y llamando mi atención en voz alta. Les vi venir y confieso que tardé un par de segundos en reaccionar. Ocurre que uno se maneja de ordinario en distintos entornos (como todo el mundo, por otra parte) y en cada uno de ellos espera encontrarse con una tipología específica de personajes. Y, si bien es cierto que en el Antepalco del Camp Nou abunda una fauna diversa y en ocasiones bien curiosa, debo reconocer que a aquella pareja no hubiera esperado nunca encontrármelos en la zona reservada de ningún estadio de fútbol. Así que, disculpándome, me separé del corrillo en que encontraba y me dispuse a afrontar, entre sorprendido e intrigado, a mis dos nuevos/viejos conocidos.
Uno de ellos, al que yo había tratado más en el pasado ya que había sido cliente del área legal de Mediterranean Capital, era un ex empleado de banca que había sido despedido unos años atrás por alguna de esas razones inconfesables que los bancos siempre ocultan y los abogados no podemos contar por aquello del secreto profesional. Posteriormente se había ganado la vida intermediando, desde una conocida franquicia financiera hoy en quiebra, la concesión de hipotecas durante los años de la burbuja inmobiliaria y el crédito fácil y lo último que sabía de él es que su matrimonio había acabado de mala manera y que andaba con algunos problemas en el Juzgado de Instrucción a causa de ello. El otro también era conocido mío pero por razones bien distintas y simples: era el electricista que se ocupa del mantenimiento y los arreglos de mi casa en la playa.
Así que, después de los abrazos y saludos de rigor, la pregunta obligada: “Cuanto tiempo sin vernos. ¿Cómo va todo?”. Y ahí empezó mi experiencia paramnésica. No había yo acabado de formular la pregunta que los dos al unísono empezaron a contarme, con el brillo de la codicia en los ojos, su actual y maravilloso proyecto empresarial. El tema era que el verano anterior habían realizado un viaje al norte de Brasil y que una vez allí descubrieron hipnotizados (de hecho, seguían hipnotizados) las enormes posibilidades del mercado inmobiliario en el país carioca. Empezaron a vomitar datos, mayoritariamente inconexos, acerca de la enorme cantidad de promociones iniciadas, del crecimiento esperado de la población en el país, de lo bien que iba todo con las expectativas del próximo Mundial de Fútbol y de los Juegos Olímpicos, etc… Así que habían decidido convertirse en promotores inmobiliarios en Brasil y, como iban escasos de caja, ya estaban negociando dos permutas de solares por futura construcción en una ciudad cuyo nombre no recuerdo pero que parece que iba a ser la próxima Rio de Janeiro. Vale decir, por otra parte, que su experiencia como promotores inmobiliarios en España era nula y su conocimiento del entorno legal y financiero del país en el que pretendían invertir era igualmente inexistente. Además, su conocimiento de la idiosincrasia de los subcontratistas brasileños se limitaba a un par de contactos con algunos electricistas de la zona. Pero todo eso daba igual. Habían detectado la oportunidad, tenían claro que iban a forrarse y se iban a Brasil a invertir el poco dinero que tenían. Así de claro y así de sencillo. A medida que la conversación (monólogo, más bien) avanzaba, se iban apareciendo en mi mente uno tras otro los Factores Clave de Fracaso que Fernando Trías de Bes enumera en su espléndido “El Libro Negro del Emprendedor”[1] así que traté de disuadirles explicándoles que nosotros sí teníamos experiencia en el mercado de Brasil, que yo mismo he vivido y trabajado durante varios años en Sao Paulo, que existe un riesgo-país y de divisa importante, que el mercado inmobiliario da claros signos de recalentamiento, que el riesgo operativo debe ser correctamente evaluado, etc… Todo inútil. De hecho, incluso me llegaron a mirar contrariados, como si estuviera intentando quitarles la idea de la cabeza para aprovecharla yo mismo o algo así. En consecuencia, y ayudado por el sonido del timbre que anuncia el inicio de la segunda parte, desistí de continuar por esa vía y me despedí amablemente de los dos futuros reyes del mercado inmobiliario brasileño quienes se quedaron en el Antepalco comentando entre ellos los detalles de su proyecto en ciernes.
Lo cierto es que no le hubiera dado más importancia al asunto de no ser por algo tan trivial como que el F.C. Barcelona atacaba en la segunda parte en la portería contraria a la que están nuestras butacas y como Pep Guardiola no nos dejaba ver bien el partido (nuestras localidades están tan bajas en la tribuna que cuando Pep se levanta, mi hija no ve las jugadas) volví a reflexionar sobre la charla que acababa de mantener: ¿Dónde había escuchado yo antes esa misma conversación?, ¿Había sido en los 90, cuando nuestros informáticos en Bertelsmann ganaban más dinero invirtiendo en las puntocom que trabajando en nuestros proyectos para después arruinarse en el crack del 2000?, ¿O había sido en el 2006, cuando nuestros ingenieros en Italcementi pedían la cuenta para comprar parcelas y construir en la insensata seguridad de que era normal que los pisos en Fuenlabrada se pagaran a 6.000 euros el metro cuadrado?…
No, no era ese el déjà vu que me rondaba por la cabeza. Lo que me martilleaba desde lo más profundo de mi código de alertas de inversión era la famosa anécdota de John D. Rockefeller, esa que cuenta como, unos días antes del crack de octubre de 1929, el famoso magnate petrolero estaba limpiándose las botas mientras leía el periódico y de repente el limpiabotas le interrumpió en su lectura explicándole que había invertido todos sus ahorros en Bolsa y que sin duda iba a ganar tanto dinero que no necesitaría volver a limpiar botas nunca más en su vida. Rockefeller calló, acabó de limpiarse las botas y de leer la prensa, subió de vuelta a su oficina y deshizo inmediatamente todas sus posiciones en renta variable. Unos días más tarde la Bolsa de Nueva York estallaba, y Rockefeller pasó los meses siguientes enriqueciéndose aún más comprando valores a lo que técnicamente denominamos “bargaining prices”, que no es otra cosa que comprar acciones a precios muy inferiores a su valor intrínseco. La moraleja del asunto es que cuando un mercado se ha recalentado tanto para que los limpiabotas, informáticos, electricistas, ex empleados de banca, etc se vean capaces de operar en el convencimiento de que se van a hacer ricos, es el momento de salir disparado hacia otras oportunidades porque ese está a punto de estallar y la curva riesgo-rendimiento se ha puesto con demasiada pendiente.
La mañana siguiente después de desayunar, leer el clipping de prensa y repasar los datos diarios de nuestras posiciones de inversión, levanté el teléfono e hice varias llamadas a nuestros clientes con inversiones en Brasil. Las conversaciones fueron cortas:
- “Chicos, creo que ha llegado el momento de pensar en deshacer nuestras posiciones inmobiliarias en Brasil… Que el último real lo gane otro. Nosotros nos salimos ya.”
- “Ok. Adelante. Hagámoslo ordenadamente.”
Y en eso estamos.
[1] “El Libro Negro del Emprendedor”, Fernando Trías de Bes; Ediciones Urano, 2007.