La escena tiene lugar el pasado domingo, 11 de julio de 2010, a eso de las 12 del mediodía, en un yate fondeado en la Bahía de Sant Pol, frente a S’Agaró. Hace un calor de infarto pero, cosa curiosa, en ninguno de los muchos barcos que han echado el ancla en esa hermosa cala de la Costa Brava parece que la gente se esté agobiando por las temperaturas. Siempre me ha parecido sorprendente que, a igual temperatura, en la playa te achicharres y en un barco hasta tengas sensación de frescor.

De repente, un bote auxiliar se separa de un enorme barco azul y se acerca a un yate blanco algo más pequeño que se encuentra justo al lado contrario de la bahía. Allí recoge a una persona, que curiosamente, no va en bañador, sino vestido con pantalón corto azul y polo blanco de marca. El bote vuelve al megayate y el invitado salta a cubierta, saluda sin detenerse a las dos preciosas chicas que toman el sol en la plataforma de popa, y se dirige al flybridge para reunirse y compartir un aperitivo con el armador

- “¡Buenos días, abogado!”, suelta el propietario del barco, padre de las dos criaturas que se tuestan al sol tres pisos más abajo y cliente del que acaba de llegar.

- “¡Buenos días, Doménico!”, responde el del pantalón azul y polo blanco, contrariado para sus adentros porque lo que a él le apetece de verdad es pasar la mañana en su propio barco, con su mujer y sus hijos.

- “¿Estuviste ayer en la manifestación?“, pregunta el italiano, industrial y financiero como solamente los lombardos de cuna saben serlo, al tiempo que pide dos cervezas frías a la camarera que, impecablemente vestida de blanco, espera atenta a una prudente distancia.

- “Sí, claro. Allí estuve. Cuidando de nuestras inversiones. Ya sabes cómo va esto”. En ese momento, el abogado ya es consciente de que le esperan dos horas de reflexión estratégica acerca de la situación política y las alternativas de inversión en España. Sabe que existe preocupación entre sus clientes por la deriva independentista que se está adueñando de la clase política catalana y ya ha tenido que explicar la misma historia muchas veces durante el pasado invierno. Con mucha suerte, estará de vuelta en su barco a las tres de la tarde y, por supuesto, habrá tenido que compartir mesa y mantel con su socio y cliente.

- “¿Cómo está el ambiente en Barcelona?”, interpela el de Milán, al tiempo que levanta su copa helada para brindar con su abogado, socio y a ratos amigo español.

- “De transición.”, empieza a contar el otro, “Estamos en los estertores del tripartito. Habrá elecciones en Noviembre y ganará CiU, Esquerra se hundirá víctima de su propia inmadurez y de los votos que le arrancarán Carretero, Laporta y compañía. El PSC aguantará el tipo a la baja e Iniciativa se mantendrá en la marginalidad. El PP seguirá sin existir y Ciutadans es más folclore que otra cosa. Los catalanes están cansados de tripartito. La única duda es si CiU ganará con suficiente soltura. Nos preocupa que la Comisión de Investigación del Palau de la Música saque más mierda sobre Convergencia. Si consiguen tapar el agujero de las comisiones que cobraron de Millet & Cía,. pueden llegar a la mayoría absoluta. Y a eso se agarran como un clavo ardiendo todos los demás. Todos, desde Montilla a Puigcercós, pasando por quienquiera que sea el que mande en Iniciativa, sueñan con que salga algún documento que demuestre lo que todos sabemos, que Convergencia metió la mano en la caja. Creen que solo de ese modo podrán reeditar el tripartito. Este es el cuadro”. Llegados a este punto, el abogado calla porque sabe que el otro seguirá preguntando y no quiere quemar toda su pólvora en el primer envite.

- “¿Y qué dicen las ‘fuerzas vivas del país’?, dispara el milanés con evidente sorna, “¿Qué dicen mis amigos de La Caixa, nuestro espléndido presidente del Círculo de Economía y nuestro gran amigo y ex socio editor?”.

El abogado se lleva la cerveza a los labios, mira a lo lejos hacia la abarrotada playa y, después de unos segundos de reflexión, continúa explicando:

- “Pues ya sabes. Como siempre. Fainé está imperial. De hecho, le da igual quién gane las elecciones. Lo único que le preocupa es que las Administraciones no le pidan más dinero del previsto y que eso no le afecte al rating de sus emisiones de deuda. Además, el Gobierno le ha pedido que se ponga el mono de trabajo y se ocupe de que ninguna Caja de Ahorros se ponga tonta ahora que las van a convertir poco menos que en bancos. Alemany, en su línea, encantado de haberse conocido, esperando la jubilación y siempre a las órdenes de Fainé. Corre por ahí algún rumor de que podría ir de Conseller de Economía en un posible Govern de Artur Mas, pero lo veo más bien difícil. Ya veremos. Y el señor Lara es el que lo tiene más complicado. Está digiriendo la compra de Editis y lo lleva mal. Los bancos le tienen puesto el pie en el cuello y no le dejarán respirar hasta que rebaje el nivel de deuda a límites razonables. De los demás, poca cosa. Roures en concurso de acreedores y con muy malas cartas en su partida contra Prisa. Y los Gallardo, Carulla, y resto de la tropa a lo suyo. Es decir, que el negocio no se descontrole y a esperar a que soplen mejores vientos. De los ladrilleros, ni hablamos. Ya no existe casi ninguno. Es decir, calma chicha absoluta y cero espíritu emprendedor”.

En ese momento aparece una de las hijas del financiero y, sin decir nada ni mirar a nadie, se pasea elegantemente por la cubierta del fly en su camino hacia el jacuzzi de proa. La chica, recién cumplidos los veinte, está pasando la semana obligatoria de presencia en el barco de papá antes de volar de vuelta a Cerdeña para pasar el resto del verano con su último novio, que es lo que realmente le gusta. El abogado la mira fugazmente y, durante un breve segundo, recuerda a la madre de la criatura, una espectacular modelo alemana que compartió la vida de su cliente durante un par de años. Desde luego, la hija es un fiel reflejo de la madre.

- “¿Qué te parece la jugada de Apax con Panrico?”, pregunta de repente Doménico, sin levantar el tono de voz pero con una mirada directa, glacial, a los ojos del abogado. Éste, que ya lleva muchas horas de profesión en sus espaldas, se pone inmediatamente en alerta y, aunque ni un solo músculo de su cara se altera, sabe que la pregunta es cualquier cosa menos inocente. Su cerebro empieza a construir escenarios alternativos a toda velocidad intentando encajar las intenciones de su cliente, así que decide responder con prudencia hasta no tener más información.

- “Creo que a Nico Bonilla y a Oriol Pinya les van a hacer un monumento en Londres pero que la jugada que les han hecho a los bancos acreedores les va a cerrar el grifo de la financiación durante una buena temporada. Ellos han recuperado los 200 millones de euros que pusieron en la compra pero han entregado la empresa a los bancos a cambio de los 700 millones de deuda. El único problema es que para cobrar ellos primero vendieron los activos que tenían valor y lo que queda ahora vale mucho menos que esos 700 millones de euros. Los bancos tienen un lio muy serio con Panrico. Lo que sí tengo claro es que la familia Costafreda debe estar muriéndose de risa viendo el panorama y con los 900 millones en el bolsillo”.

El italiano, que hasta ahora estaba ligeramente recostado, se reincorpora sobre su butaca y, sonriendo ligeramente, acerca su cara a menos de dos palmos de la del abogado:

- “Muy bien. Pues te voy a contar lo que vamos a hacer con lo que queda de Panrico… (…)”.

El resto de la conversación es secreto profesional. A las tres de la tarde un bote auxiliar se separa del megayate azul y traslada al abogado de pantalón azul y polo blanco a su barco en el otro lado de la bahía. Mientras se aproxima y empieza a vislumbrar a su mujer y sus hijos en la cubierta, se dice a sí mismo: “Así que para esto me ha hecho venir. No me extraña que las empresas catalanas estén como están”.

Nada más saltar a cubierta y tras despedirse del marinero que le ha traído, su mujer le pregunta:

- “Cuanto has tardado, cariño… ¿Cómo ha ido?”.

- “Bien. Ha ido bien, preciosa. En este momento, nosotros somos un poco más ricos y Catalunya es un poco más pobre”.

Y el caluroso domingo por la tarde de julio sigue fluyendo en la bahía de S’Agaró a la espera de que dé comienzo la Final del Mundial entre España y Holanda…

(P.D.: Por supuesto, Doménico no se llama así en la realidad).

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